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miércoles, 18 de noviembre de 2009

Las brujas de Eastwick

John Updike
Las brujas de Eastwick, traducción de José Ferrer, primera edición: Diciembre, 1984. Plaza & Janes Editores,Barcelona.

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martes, 17 de noviembre de 2009

Jugadores

Don DeLillo
Jugadores, traducción de Miguel Martínez Lage. Seix Barral, Barcelona.

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sábado, 14 de noviembre de 2009

El animal moribundo

Philip Roth
El animal moribundo, traducción de Jordi Fibla. Editorial Alfaguara, 2002.

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Fragmento

La conocí hace ocho años. Asistía a mi clase. Ya no me dedico a la enseñanza a jornada completa y, en rigor, no enseño literatura en absoluto, sino que, desde hace varios años, doy una sola clase, un importante seminario de escritura crítica para estudiantes de último curso que se denomina Crítica Práctica. Atraigo a muchas alumnas, por dos razones: porque es una materia con una fascinante combinación de encanto intelectual y encanto periodístico, y por- que me han escuchado en la NPR, donde hago crítica de libros, o me han visto en el Canal 13 hablando de temas culturales. La tarea que he realizado durante los últimos quince años como crítico cultural en el programa de televisión me ha dado una considerable fama local y por ese motivo les atrae mi clase. Al principio, no me daba cuenta de que salir en la tele una vez a la semana durante diez minutos podía ser tan impresionante como resulta serlo para estas alumnas. Pero la celebridad las atrae sin remedio, por muy insignificante que pueda ser la mía.

Ahora bien, como sabes, soy muy vulnerable a la belleza femenina. Cada uno está indefenso contra algo, y yo lo estoy en ese aspecto. Veo la belleza y me ciega para todo lo demás. Asisten a mi primera clase y sé casi de inmediato cuál de ellas es la chica apropiada para mí. Hay un relato de Mark Twain en el que éste huye de un toro y se esconde en la copa de un árbol; el toro alza los ojos para mirarle y piensa: «Usted es mi carne, señor». Pues bien, ese «señor» se transforma en «jovencita» cuando las veo en clase.

Desde entonces han pasado ocho años; yo tenía ya sesenta y dos, y la chica, que se llama Consuelo Castillo, veinticuatro...

viernes, 11 de septiembre de 2009

Indignación

Philip RothIndignación, Traducción de Jordi Fibla. Editorial Mondadori, marzo 2009.

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Comentario de Juan Gabriel Vásquez en Letras Libres
Comentario de Rodrigo Fresán en Quéleer


***************Epígrafe en Indignación: «hay cierta mierda que no voy a tragar»

Fragmento de la primera parte Bajo la Morfina

El 25 de junio de 1950, unos dos meses y medio después de que las bien adiestradas divisiones de Corea del Norte, armadas por los soviéticos y los chinos comunistas, penetraran en Corea del Sur cruzando el paralelo 38 y se iniciaran los sufrimientos de la guerra de Corea, ingresé en Robert Treat, una pequeña universidad en el centro de Newark bautizada en honor al fundador de la ciudad en el siglo XVII. Era el primer miembro de nuestra familia que trataba de tener una educación superior. Ninguno de mis primos había llegado más allá del instituto, y ni mi padre ni sus tres hermanos habían finalizado la escuela primaria. «Trabajo para ganarme la vida desde que cumplí los diez años», me dijo mi padre. Era un carnicero de barrio para quien repartía los pedidos con mi bicicleta durante los años de instituto, excepto en la temporada de béisbol y las tardes en que debía asistir a los encuentros entre centros docentes como miembro del equipo de debate. Casi desde el día en que abandoné la carnicería, donde había trabajado para él semanas de sesenta horas entre la época en que me gradué en el instituto en enero y el inicio de la universidad en septiembre, casi desde el día en que comencé las clases en Robert Treat, a mi padre empezó a aterrarle la posibilidad de mi muerte. Tal vez su miedo tuviera algo que ver con la guerra, en la que las fuerzas armadas de Estados Unidos, bajo los auspicios de las Naciones Unidas, habían intervenido de inmediato para ayudar al ejército surcoreano, mal adiestrado y con un equipamiento insuficiente; tal vez tuviera algo que ver con el elevado número de bajas que nuestras fuerzas estaban sufriendo bajo el fuego comunista y su miedo a que, si el conflicto se prolongaba tanto como en la segunda guerra mundial, mel lamaran a filas para luchar y morir en el campo de batalla coreano como mis primos Abe y Dave habían muerto durante la segunda guerra mundial.O tal vez su miedo tuviera que ver con sus preocupaciones financieras...